martes, 18 de noviembre de 2014

El cuestionario










El cuestionario de Proust es un listado de preguntas que se supone que dicen algo sobre la personalidad de quien lo contesta. Se llama cuestionario de Proust porque Marcel Proust fue la primera persona que lo respondió, por allá en el siglo XIX. Al parecer es un cuestionario muy utilizado en entrevistas y también para la creación de personajes literarios y televisivos. Aunque como desde que Marcel contestó el suyo ha llovido bastante se han creado preguntas nuevas más adaptadas a los nuevos tiempos.
Y por lo que he visto en la blogosfera no eres nadie si no respondes tu propio cuestionario de Proust. Así que aquí va el mío.



 ¿No podrías vivir sin…? El corrector de ojeras.

No soportas/no aguantas…
Podría escribir un libro con las cosas que no soporto. Pero básicamente la gente chunga, portera y metiche, la mala educación y el paternalismo.

¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estropea el día?
A ver, no soy tan obsesiva-compulsiva como para que me estropee el día si no lo hago pero me encanta volver a meterme en la cama por la mañana después de la ducha.

Cuando llega la Navidad…
Se me llena el espíritu de buenas intenciones y me visualizo horneando galletas de genjibre en una cocina blanca con suelos de madera y ventanales de cristal a través de los que se ven las ramas desnudas y nevadas de los árboles. Yo llevo un jersey grueso blanco que me envuelve y me da un aspecto invernal y atractivo y el hijo ratón decora el árbol con el amantesposo sin pelearse ni llorar. La casa está calentita y huele a leña y a pastel y a té con canela. La realidad es que terminamos sudando a mares en manga corta en casa de mis padres mientras los niños se desquician y tenemos que desabrocharnos el botón del pantalón después de una sobredosis de neulas y aburrimiento. Pero cada año tengo la misma ilusión.

De niño querías ser como…
No me acuerdo, la verdad.

¿Conservas alguna cosa de tu niñez?
Algunos muñecos y algunos cuentos y libros. También mi ropa de recién nacida, que fue la que le puse al hijo ratón cuando nació.

 Te hubiera gustado vivir en otra época/país? ¿Y qué hubieras querido ser?
Me encantaría que existiera una máquina del tiempo para viajar al pasado. Me fliparía ver la Roma de los emperadores y ser una patricia romana, todo el día tumbada a la bartola comiendo uva y bebiendo vino y filosofando mientras los esclavos me abanican.

¿Das vueltas a alguna relación anterior o qué hubiera pasado si…?
No.

 Puedes pasar las horas muertas haciendo…
Leyendo. 

¿La última novela que leíste?
La hija del este, de Clara Usón.

 ¿La última manifestación a la que acudiste o petición online contra algo o alguien?
No sé. Alguna petición de Amnistía Internacional, seguramente.

Lees blogs de…
A pesar de tener un blog, yo misma no soy una seguidora demasiado fiel de blogs. El único que sigo con regularidad es el de Moli. Por lo demás, voy picoteando aquí y allí. Algunos de maternidad, también, aunque cada vez menos porque me molesta que me riñan unas por ser demasiado malamadre y otras por ser demasiado hippie flower power.

 ¿Pintor favorito? ¿Fotógrafo favorito?
No soy nada experta en el tema. Conozco las típicas obras de los típicos museos. Pero lo que más me ha impresionado ha sido la Última Cena de Leonardo da Vinci en Milán. Para caerse de culo, en serio.
Lo de tener un fotógrafo favorito ya es demasiado hipster incluso para mí. 

 Prefieres el coche, la bici o el transporte público?
No conduzco y la bicicleta me hace un callo terrible en el culo (quién inventó el sillín de las bicicletas? Un japonés malhumorado?). Yo el metro.

¿Qué deportes sigues por televisión?
Ah, pero hacen deportes por televisión? Para qué?

¿Haces deporte?
Estooo…no.

Una canción que no te cansas de escuchar…
Depende de la época. A veces me da por unas o por otras. Pero hay dos que nunca me defraudan: Insurrección, de el Último de la Fila y More than this, de Roxy Music.

¿Tu serie de televisión favorita?
Gilmore Girls. Y los que dicen que es una cursilada de chicas no la han visto seguro.

¿Una película que no te cansas de ver?
Muchas. Cuatro bodas y un funeral, Lost in translation, Cinema Paradiso, Las amistades peligrosas, Los amigos de Peter…

¿Te gusta comprar en los chinos?
Pues no, no sé qué clase de pregunta es esta, pero no. Bueno, una vez compré unos lápices de colores y seguimos vivos.

El próximo verano te gustaría…
Gustarme lo que se dice gustarme me gustaría instalarme en una casa grande en Ibiza al lado del mar donde me pasaría el día comiendo y durmiendo y alojando a amigos. Pero es más probable que me acabe peleando con algún niño en alguna cola para ver a Mickey Mouse o algo por el estilo.

Antes te gustaba, ahora no…
Más bien al revés. Antes pensaba que lo peor que me podía pasar en el mundo era encerrarme en un resort en el Caribe con pulsera de todo incluido. Ahora pienso que oye, que igual no es tan  mala idea. Gran lujo, por supuesto.

Dices que te gustaría hacer… pero no te pones a ello.
Dedicarle más tiempo al blog.

¿Eres vegetariano?
 Pues no. Lo siento.



¿Qué partido votaste? ¿A qué partido no volverás a votar?
Excepto un par de excepciones a las que no he votado nunca, mi voto ha variado. Y a este paso no volveré a votar a ningún partido.

 ¿Practicas una religión?
Nah.

 ¿Principal rasgo de su carácter?
No sé. Es difícil eso del conócete a ti misma. La gente cuando me conoce suele opinar que soy seria. Pero no lo soy. Cuando acabo de conocer a alguien no acostumbro a darle besos con lengua ni contrato la banda municipal para que haga un pasacalles pero no soy seria.

¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?
Pues muy a mi pesar considero cualidades cosas que no deberían serlo porque deberían ser lo habitual. Pero me gustan los tíos normales, que me traten como a una igual, los no graciosillos ni los que se creen irresistibles, los que no te llaman bonita sin venir a cuento y los que te tratan sin paternalismos ni concesiones. Me gusta un tío con el que se pueda hablar y echar unas risas sin más historias. Me gustan los tíos que no se esfuerzan en parecer sensibles porque  los que lo son de verdad no necesitan aparentarlo. Las almas torturadas no están hechas para mí.

 ¿Y en una mujer?
Pues un poco igual que antes. No creo que haya diferencias sustanciales entre las cualidades femeninas y masculinas. Que sea una buena amiga, que se pueda hablar de todo y que me haga sentir a gusto.

¿Qué espera de sus amigos?
Que se porten como tal. Que me quieran, que me conozcan, que me hagan caso de vez en cuando, que pueda compartir con ellos los malos momentos pero también los buenos. Lo que intento hacer yo con ellos, vaya.

¿Su principal defecto?
Soy un poco obsesiva y egocéntrica. Pero mola saberlo porque así te lo puedes controlar.

¿Su ideal de felicidad?
Una casa en Mykonos que se mantiene sola y tiene una cocina gigante que da a un patio en el que se puede vivir. Dar la vuelta al mundo. Que me den un masaje muy largo en los pies. Estar casada con Juan Diego Botto. Tomar un gintonic a las 5 de una tarde inglesa y lluviosa al calor del fuego de una biblioteca con escalera y alfombras.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
Que le pasara algo malo al hijo ratón. No soy capaz ni de pensarlo.
 
¿Qué le hubiera gustado ser?
La hija de Amancio Ortega o, en su defecto, escritora que viviera de escribir.

¿Dónde le gustaría vivir?
Londres. París. Roma. Nueva York. Me están entrando ganas de pegarme un tiro en la sien.

¿Su color favorito?
Rojo y negro.

 ¿Cuál es su animal favorito?
Perro.

 ¿Sus autores favoritos?
Almudena Grandes, John Irving y Gabriel García Márquez.

 ¿Un héroe de ficción?
Mafalda.

¿Su compositor/músico/cantante favorito?
El Último de la Fila

 ¿Su héroe de la vida real?
Mafalda. Porque existe, no?

 ¿Su comida favorita?
La paella y la ensaladilla rusa.

¿Qué hábito ajeno no soporta?
Odio la mala costumbre que tienen algunas personas de hacerte sentir un segundo plato. Del palo, quedamos? Ah. pues si no me sale nada sí. Pues casi que no te salga, no? Más que nada que ya te ha salido. Pero igual es que soy muy tiquismiquis, que también podría ser.


 ¿Una figura histórica que deteste?
Tristemente la historia está lo suficientemente llena de figuras detestables para escoger a placer.

 ¿Cómo le gustaría morir?
No me gustaría morir. Pero como supongo que aunque no quiera me voy a morir, pues sin enterarme, durmiendo y de vieja. Pero vamos, que la pregunta tiene tela. Alguien en serio contestaría que le molaría morirse a los 30 retorciéndose de dolor entre convulsiones epilépticas mientras se desangra? Ahora, que hay gente para todo, también es verdad.

¿Cuál es el estado común de su ánimo?
Expectante. Es un estrés pero no puedo evitarlo.

 ¿Tiene un lema?
Si la vida te da limones, haz limonada. A que mola?

martes, 4 de noviembre de 2014

Un martes cualquiera



Hoy. 7.45 de la mañana, en la ducha. Me viene de repente a la cabeza que hace quince días de mi revisión ginecológica y no sé nada de la citología. Si no hay noticias son buenas noticias, me digo. Me olvido del asunto y empieza el zafarrancho matinal de costumbre: despertar al hijo ratón, que hoy por poco tengo que avisar a los del RACC para que vengan a arrancarlo de la cama, vestirlo, ponerlo a hacer pis, pelearnos porque no quiere llevarse el paraguas al cole (es que me lo van a quitar, mamá...¿a qué colegio va mi hijo, al Bronx?),  pelearnos otras vez porque no quiere el chubasquero, salir a la calle en mitad del diluvio universal, dejarlo en el cole, acordarme de pasar por secretaría a firmar la autorización para que le enchufen el ventolín y, aun estando muy tentada de volverme a mi casa y meterme en la cama con un libro, llegar al despacho en un estado razonable de buen humor.
Más tarde. 11.45 de la mañana, en el despacho. Miro el móvil y veo una llamada perdida de un número desconocido. Marco el número del buzón de voz para escuchar el mensaje que me han dejado. "Hola, soy Fátima, de la consulta ginecológica". Dejo de prestar atención mientras me hago una nota mental para acordarme de pedir cita en el notario para redactar el testamento. "Cuando puedas me llamas que te tengo que comentar una cosa de la citología. No te asustes". No puedo asustarme porque tengo la mente ocupada pensando en las palabras que voy a escoger para escribir mi epitafio. Llamo. "Fátima, que me has llamado por lo de la citología". "Ah, sí, hola guapa, nada, que tendrías que venir porque la citología te ha salido alterada. Resultado inflamatorio, dice el informe". ¿Inflamatorio? ¿Y qué mierdas es eso? "No te preocupes, te pondrán un tratamiento y te repetirán la prueba en un par de meses". ¿Cómo que me repetirán la prueba? ¿En un par de meses? ¿Estamos locos o qué? No puedo esperar dos meses, si no me muero del inflamatorio ese me voy a morir de un infarto. "Ven esta tarde a las 3".
Nomireseninternet, nomireseninternet, nomireseninternet. Miro en internet. Cuello uterino inflamado. Células atípicas precancerosas. Mucha jerga médica. Por lo poco que entiendo me parece deducir que es una infección generalmente provocada por folletear con mucha gente distinta. Vamos, no me jodas. Ahora resulta que voy a tener una enfermedad de transmisión sexual sin pasar por la parte divertida. Pero qué clase de timo es este? Que me devuelvan mi dinero. Si voy a tener una enfermedad provocada por el pendoneo, qué menos que reclamar mi cuota de pendoneo. Que al menos compense, no? Se lo cuento al amantesposo y pone cara de funeral (y eso que lo del pendoneo no se lo he contado que ya se sabe cómo son los hombres para estas cosas). Dice que me acompaña al médico.
A las 3 en punto estamos en la consulta. No me va a atender mi doctora sino otra a la que no conozco. Claro, seguro que es una especialista que ha venido expresamente de los Estados Unidos para estudiar mi caso. Me preparo para lo peor. Y va y resulta que tengo hongos. ¿Hongos? ¿En serio? ¿Hay algo menos glamouroso que tener hongos? Me manda un tratamiento de tres míseros días. Vamos a ver, o sea, llevo todo el día pensando en convocar un casting para encontrarle una nueva madre al hijo ratón y una nueva amantesposa al amantesposo y tú me mandas un tratamiento de 3 días porque tengo hongos? Y encima ni siquiera me tengo que repetir la prueba. Hombre, por favor, si esto no es reirse del legítimo miedo de los hipocondríacos, que baje Dios y lo vea.
Muy indignada, me hallo.
Por cierto, malpensados, los hongos me los ha causado el estrés. Que es que tengo que aclararlo todo.


martes, 21 de octubre de 2014

Sombras




A raíz de una entrada que leí que habla sobre las sombras de la maternidad de las que nadie te habla pensé en mi propia experiencia en eso de las sombras. Esta es la entrada (y el blog es muy chulo): https://maretameva.wordpress.com/2014/03/25/ombres-de-la-maternitat-i/

Y estas sombras son las mías:

Ya sé que todas las madres dicen lo mismo y todas lo piensan de verdad. Pero es que en mi caso es un hecho puramente objetivo, nada de ceguera provocada por el amor maternal. Mi hijo fue el recién nacido más precioso del mundo: la naricita perfecta, los morritos más dulces y redonditos, las manos más calentitas y suaves. Si lo hubiera podido elegir no lo habría escogido tan perfecto como fue. Por eso, el hecho que no me enamorara de mi hijo ni se me formara un aura de corazones rosas de algodón de azúcar a mi alrededor nada más nacer tenía que ser, a la fuerza, el resultado de un defecto mío de fábrica. Cómo se explica, si no, que quisiera regalar a mi hijo, aquella criatura dulce y desamparada, carne de mi propia carne, a la enfermera del nido, que quería hijos y no le llegaban?
Que naciera mi hijo y yo quisiera haber tenido el buen juicio de hacerme una ligadura de trompas antes de tener la genial idea de reproducirme me pilló francamente por sorpresa. Tuve un buen embarazo. Quitando el primer trimestre, que fue un periodo bastante angustioso después de mi historial de pérdidas, estuve bastante pletórica. Me sentaba bien estar preñada, me veía guapa, me sentía segura, tranquila, en paz. Es una sensación que no he vuelto a tener, como si el hecho de estar embarazada me previniera de cosas malas, ya ves tú qué tontería. Me gustaba estar embarazada, estaba contenta y hasta sentía, yo que soy lo menos místico y lo más antimeditación trascendental del mundo, una especie de conexión especial con mi bebé.  El embarazo ha sido la etapa más dulce de mi vida con diferencia.

Todo esto sumado a unas expectativas poco realistas provocadas por mi propia ingenuidad y, por relatos idealizados de la maternidad, donde los bebés son angelitos que duermen, gorjean felices y huelen a Nenuco y las mujeres mutamos en divinidades resplandecientes de amor infinito que por fin han encontrado el sentido de la vida y entran en una especie de nirvana maternal, provocó que me creyera de verdad el cuento.

La ostia fue monumental.

Lo peor no fue que mi hijo se pasara el día llorando ni que yo no pudiera levantarme apenas de la cama en todo el día porque tumbada con él encima era la única forma de conseguir unos minutos de calma. Lo peor no fue lo mal que se nos dio la lactancia ni la falta de sueño ni estar tan sumamente agotada como para llegar a fantasear con un ingreso hospitalario. Lo peor no era desayunar a las 6 de la mañana mientras el niño dormía porque si no después no tenía tiempo. Lo peor era aquella sensación de ambivalencia, de mirar a mi hijo, aquel bebé diminuto y perfecto que olía a panecillo blandito y no sentirme morir de amor. Lo peor era aquella sensación de saberme un monstruo por mirar a mi hijo y desear no haberlo tenido. Lo peor era la culpa infinita por no estar contenta, por no querer incondicionalmente a mi hijito, por sentir como una obligación tenerlo en brazos, acunarlo, por hacerlo todo desde fuera, sin implicarme, porque tocaba. Lo peor era aquella sensación de ser un fraude porque lo que a las demás les pasaba de forma natural a mí no me salía. Y no había vuelta atrás. Y aquel bebé desvalido que dependía de mí para todo no se merecía aquella mierda de madre y a lo mejor lloraba por eso. Yo también habría llorado en su lugar. Bueno, la verdad es que ya lloraba bastante. Mi casa era una fiesta continua.

Pero un día, no sé cómo, se me pasó. Supongo que para compensar mi falta de aptitud natural me obligaba a tener siempre a mi hijo cerca. Lo tenía casi siempre en brazos, lo ponía a dormir en mi cama, no soportaba que llorara y hacía cualquier cosa para que estuviera calmado y tranquilo. Igual, si me hubiera sentido más cómoda en mi papel de madre, con menos culpa y menos análisis habría actuado de otra manera pero estar pendiente de mi hijo a todas horas, tenerlo siempre cerca, llevarle conmigo a todas partes, insistir con el tema de la teta era lo mínimo que sentía que podía hacer para compensar a mi bebé por el churro de madre que le había tocado en suerte. Mi hijo y yo formábamos como una burbuja en la que me sentía cómoda porque sentía que no podía ser de otra manera. Y un día, no sé si hacia los 8 o 9 meses, tal vez un poco antes, miré a mi bebé y me sentí, por fin, morir de amor. Desde entonces, cada vez que miro a mi hijo, que ya no es un bebé pero sigue siendo perfecto y con el mejor olor del mundo, me siento morir de amor. Ya no necesito la burbuja porque he aprendido a vivir con las sombras. Y ya no me siento culpable, si acaso por no haber disfrutado de los primeros meses de vida de mi bebé como nos merecíamos los dos. Pero ni él ni yo nacimos enseñados y ambos hicimos lo que buenamente pudimos. El hijo-ratón, de momento, no me ha pedido el libro de reclamaciones por lo que me doy por satisfecha porque no debo de estar haciéndolo tan mal. Aunque también es verdad que no tiene mucho donde comparar.

martes, 7 de octubre de 2014

No es fácil




Hay veces que algunos momentos, algunas conversaciones, te reconcilian con el género humano, aunque sea de forma temporal. A mí me pasó el otro día, en una cena, cuando un amigo mío, un tío razonablemente atractivo y un culturetas de esos capaces de hablar durante horas de lo divino y lo humano, afirmó entre sorbo y sorbo de gintonic de 12 euros la copa  que la sociedad actual estaba convirtiendo en esquizofrénicas a mujeres perfectamente normales, que históricamente el patriarcado ha puesto a las mujeres en una posición tan jodida  que no se puede hablar de igualdad real en una sociedad creada a imagen y semejanza del hombre en la que la mujer ha tenido que encajar con mejor o peor fortuna pero que nunca ha llegado a hacerse suya. Toma ya. A priori no le presupongo a mi amigo motivos ulteriores del tipo regalar los oídos al público femenino ya que ellos ganaban por goleada (tres contra una, yo)  ni una estrategia para el encamamiento puesto que es un señor felizmente emparejado y padre de dos retoños. Por supuesto, no necesito que ningún hombre valide una postura que a mí me parece de una claridad aplastante pero no deja de ser agradable constatar que no soy una neurótica que ve fantasmas donde no los hay porque quedan fantasmas, muchos.

Se supone que las mujeres hemos recorrido un largo camino. Y sí, es todo un detalle que ya podamos votar (por cierto que en países como Suiza y Liechtenstein, tan civilizados, tan modernos y tan ordenaditos no legalizaron el voto femenino hasta 1971 y 1984 respectivamente) y que nuestro marido o nuestro padre no nos tenga que dar permiso para sacar dinero del banco o para coger un avión. Pero no podemos estar agradecidas por poder hacer cosas que se presupone que son un derecho en sí mismo. Es como si te dijeran, alégrate que por lo menos a vosotras no os lapidan por ir con falda corta. Bueno, es que sólo faltaría. El tema no es tanto lo que, por lo menos a nosotras no nos pasa sino las barbaridades que les pasan a otras en nombre de una tradición cultural impuesta por el patriarcado en el poder. Es decir, que está muy bien todo lo que se ha ido consiguiendo a lo largo de los años gracias a sufragistas y feministas que se jugaban el tipo y la vida por conseguir, no ya privilegios, sino derechos básicos y fundamentales. Pero me niego a dar las gracias a ningún hombre por haber sido tan magnánimo de cedernos unos derechos que son nuestros en tanto que seres humanos.

Aunque es verdad que, al menos en Occidente, ya no necesitamos pedir permiso para casarnos o para marcharnos del país o para estudiar en la universidad o para abrir una cuenta bancaria (y repito, es que sólo faltaría), esto que nos han vendido como liberación femenina no es más que un gol que nos hemos dejado colar y esta supuesta liberación nos está convirtiendo, como bien apuntó mi amigo, en esquizofrénicas. La verdadera igualdad no es posible desde el momento en que es la mujer la que se adapta a lo establecido sin que el hombre mueva un dedo por crear un nuevo orden social, por mucho que algunos se jacten de que “ayudan” a su mujer a poner la lavadora.

Aunque parezca que ya está todo hecho y que somos súper modernas y emancipadas no es tarea fácil ser una mujer en la actualidad. Una mujer moderna ha de ser una señora liberada económicamente independiente. Por eso tiene que trabajar fuera de casa. Para conseguir un puesto de trabajo pretendido, al mismo tiempo, por un señor, la señora en cuestión no tiene que demostrar que vale igual que el señor, tiene que demostrar que vale el triple, que es la hostia en vinagre, que si el señor habla inglés, ella habla inglés de Cambridge, mandarín y ruso. Que si él tiene carrera y máster, ella además tiene un doctorado en Harvard. En ese caso puede que le den el trabajo a ella. Con sueldo de administrativa recién salida de la FP, eso sí, porque cualquier día se preña (la mala costumbre que tienen las mujeres de reproducirse justo en la edad más productiva, oyes) y a ver qué haces. Así que vale, la mujer tiene que trabajar para no ser una maruja y una mantenida. Pero sin pasarse, eh? Porque si tiene hijos debe pasar tiempo con ellos, crear una sana relación de apego, darles la teta hasta que estén estudiando para el examen de química de la selectividad, vivir la maternidad como la reencarnación de Buda y preparar cupcakes integrales de mariposas y sándwiches de espelta ecológica con caritas sonrientes y naricitas de cerdito para la merienda para que nadie te mire de reojo por darle unas galletas príncipe que has comprado deprisa y corriendo en el chino de la esquina. Pero una mujer, como todo el mundo sabe, no es solo madre. También debe buscar tiempo para la pareja, no vaya a ser que el pobre marido se sienta desplazado por culpa de los hijos. Toda mujer moderna ha de tener siempre las ganas de folleteo a punto porque, pobres hombres, es que les tenemos súper descuidados y luego nos quejaremos de que busquen fuera lo que no tienen en casa (y esas lagartonas que acechan tentándolos, pobrecitos). Pero las mujeres, además, necesitamos tiempo para nosotras así que debemos organizar cenas con las amigas porque no somos solo madres y esposas, también debemos cultivar las amistades.  Pero tampoco vayamos a creernos que podemos ir de farra siempre que nos apetezca, que tenemos unas obligaciones. Y si vamos hechas unas zarrapastrosas es porque queremos porque ahí tenemos modelos de mujeres que también son madres y están estupendas, míralas en las revistas. Pero tampoco nos pasemos con la vanidad, que es de ser muy poco feminista y si te operas las tetas está mal porque no te aceptas pero si vas sin depilar también está mal porque eres una descuidada. Que al final parece que tengas que hacer una encuesta a nivel nacional para ver qué es lo que se supone que debes hacer con tu vida, coño.

No es verdad. No hay igualdad. No la hay desde que alguien (colectivo, sociedad, hombre, mujer, tradición, me da igual) se cree legitimado a disertar sobre la mujer como colectivo, como se supone que debería ser su comportamiento o cuáles son sus roles. Este solo hecho ya me parece una forma de cosificación de la mujer y no me importa que algunas opiniones o artículos o conferencias coincidan con la visión que tengo yo de lo que me gustaría para mí porque yo soy yo pero no todas las mujeres, de modo que lo que me sirve a mí puede no servirle a todas. Y no la hay desde que se siguen dando por válidos algunos patrones claramente paternalistas y discriminatorios, ofensivos, incluso, pero tan arraigados y tan normalizados que ya ni nos ofenden, que es casi peor. Porque es ofensivo que cuando violan a una mujer midan la longitud de su falda y cuenten el número de copas que se ha tomado. Es ofensivo que una mujer en el mando sea una mandona o una trepa o tenga una vida sexual poco satisfactoria. Es altamente ofensivo que un señor que manda tenga el cuajo de decir públicamente que le da miedo ir con una mujer en el ascensor. Es ofensivo que un señor deportista rebata una nominación para un puesto directivo deportivo diciendo que no está bien que una mujer entre en un vestuario masculino. Es ofensivo que el aspecto físico de una mujer sea motivo de comentario cuando esta señora no es modelo. Es ofensivo que en una discusión le pregunten a una mujer si le ha venido la regla. Es ofensivo que los hombres “ayuden” a las mujeres en casa y lo es casi más que una mujer le diga a la otra la suerte que tiene de que su marido la “ayude” tanto. Es ofensivo que “la otra” sea una puta. Es ofensivo que un hombre se sienta legitimado para decirle a una mujer que “sonría que está más guapa” en una situación clara de no flirteo. Es profundamente ofensivo dar por supuesto que cuando una mujer rebate alguna actitud claramente discriminatoria es porque es lesbiana y lo que necesita es un buen polvo que le quite la tontería.

Cambiad los ejemplos que más os gusten y sustituid “mujer” por “negro” y luego hablamos de poco sentido del humor y exageración.